La mascota como factor resiliente

 

“Los ojos de un animal tienen el poder de hablar un gran idioma”

Martin Buber

 

El vínculo de apego es la unión afectiva que se establece entre un bebé y su cuidador principal. Este vínculo es fundamental para la supervivencia del bebé y la adquisición de herramientas para interactuar con el mundo. Ahora bien, ¿este vínculo de apego solo se da entre seres humanos?

Los mamíferos estamos biológicamente predispuestos para buscar protección de aquellas figuras que nos proporcionan contacto físico, conexión emocional y cuidados durante nuestra etapa más vulnerable, la infancia. Cuando adoptamos un cachorro y lo acogemos en nuestra casa le damos de comer, intentamos calmarle durante esas intensas noches de llantos en busca de consuelo, le regañamos cuando nos muerde las zapatillas y le proporcionamos objetos y juguetes para facilitar su exploración. Estas conductas de cuidado, exploración y protección son similares a las que se producen entre un niño/a y su cuidador.

Existen investigaciones que han evaluado qué tipo de relación se establece entre el humano y su mascota, identificando cambios en los niveles de oxitocina similares a los que se producen en el vínculo de apego del bebé con su cuidador principal. Veamos algunos ejemplos:

  • La oxitocina es la hormona del vínculo afectivo, entre sus funciones destacan aquellas que tienen que ver con la conducta prosocial. Se relaciona con las conductas de emparejamiento, con el incremento de la confianza en otras personas y con una mejora de la empatía y la capacidad de mentalización. Cuando interactuamos con nuestras mascotas experimentamos un aumento de oxitocina y una disminución de nuestros niveles de cortisol (la hormona del estrés). Estos cambios a nivel hormonal son similares a los que se producen cuando figuras importantes para nosotros nos dan un abrazo o conectan emocionalmente con nosotros, la oxitocina aumenta y el estrés disminuye.
  • Una forma que tenemos las personas de comunicarnos es a través de la mirada. Cuando miramos a alguien a los ojos podemos valorar su estado emocional y saber cómo se siente en ese momento. A lo largo de los años, los perros han adquirido la habilidad de utilizar la mirada recíproca como forma de comunicación para pedir que cubramos su necesidad (Díaz, M. y López, P., 2017). Desde mi experiencia, cuando mi perro quiere salir a la calle me mira, me persigue por casa y, si ve que no le entiendo, se tumba enfrente de la puerta. Cuando me ve triste, me mira a los ojos y se tumba a mi lado. Esta mirada es una forma de comunicación y de conexión emocional en sí misma y conlleva un aumento de oxitocina en ambos.

Algunos autores señalan que la convivencia con un animal aporta beneficios en la salud humana, algo que han denominado “efecto mascota”. El estar acompañado de un animal se ha relacionado con un mayor índice de supervivencia después de infartos, menores niveles de cortisol y triglicéridos, una reducción en los niveles de presión arterial, una mayor percepción de autoeficacia y con un incremento y facilitación de interacciones sociales. Las hipótesis que sustentan el “efecto mascota” se basan en que estos beneficios provienen del apoyo social que nos aportan nuestras mascotas, funcionando como un amortiguador del estrés (Díaz, M. y López, P., 2017).

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En nuestra experiencia trabajando con adolescentes, hemos podido ver cómo jóvenes que no confiaban en las personas, se mantenían constantemente alerta, les costaba conectar con los demás y con ellos mismos y tenían un profundo sentimiento de soledad, descubrieron los maravillosos beneficios de sentirse vistos, sentidos y queridos en la interacción con un animal, algo que no habían percibido en sus relaciones con personas. Jóvenes cuya vida había estado marcada por reproches y etiquetas que no fomentaban su autoestima, llegaban a experimentar una reducción de su malestar psicológico a través de un vínculo de apego seguro con un animal, en el que había sintonía y conexión emocional sin reproches.

Si un animal puede provocar cambios en nuestros niveles de cortisol, no sería de extrañar que pudieran ayudarnos a atravesar momentos difíciles en nuestra vida, disminuyendo nuestros niveles de estrés y haciendo que nos sintamos sentidos, queridos y vistos por ellos. Los animales actúan como un factor resiliente ante acontecimientos que sobrepasan nuestras capacidades para hacerles frente.

Todavía nos queda mucho por descubrir sobre el mundo animal, sin embargo, algo que está claro es que, a través de la interacción entre un niño/a y su perro, el juego es mucho más divertido, el miedo a la exploración se reduce (gracias a la seguridad y protección que nos aporta nuestro compañero) y que las penas y los problemas se hacen más llevaderos al disponer de alguien que nos apoya, no nos juzga y nos proporciona un cariño incondicional que nutre nuestro cerebro y nos hace sentir queridos y valiosos.

 

Durante estos días abraza a tu mascota, juega con ella, intercambia miradas y, sobre todo, cuidaos entre vosotros.

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Claudia Liarte

 

 

 

 

 

 

 

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