¿Somos padres y madres presentes o ausentes?

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Hace unas semanas iba por la calle con una compañera de trabajo y observamos la siguiente situación. Había una mamá “paseando con su hijo” de aproximadamente 4 años por la acera. Ella iba mirando el móvil mientras caminaba y el pequeño la seguía por detrás mirando todo a su alrededor. De repente, le llamó la atención un gran oso de peluche que había en una tienda de zapatos y se paró a observarlo detenidamente. La madre, que continuaba atónita a su conversación, continuó su camino sin percatarse de esto.  Unos metros más adelante cuando dobló la esquina se dio cuenta de que el niño no le seguía como ella esperaba y, asustada, dio la vuelta rápidamente para buscar al pequeño gritando su nombre. El niño, espantado, salió de su asombro y fue corriendo hacia la voz de su madre que le recibió con una regañina.

En ese momento me vino a la cabeza el concepto de abandono próximo, que según el psicólogo Allan Schore se da cuando el padre o la madre están físicamente presentes pero emocionalmente ausentes. ¿Cuántas veces habrá ocurrido algo similar en la vida de ese niño? ¿Estará acostumbrado a que su madre pasee mirando más al móvil que a él? Si reflexionamos sobre nuestro día a día, cuando decimos que pasamos todo el día con nuestros hijos…¿estamos cayendo en el error de referirnos solamente al plano físico? ¿Estamos realmente disponibles?

En nuestro trabajo diario con niños y adolescentes hemos observado que en muchas ocasiones los padres y madres debido a los numerosos quehaceres diarios (trabajo, labores del hogar, compra, televisión, redes sociales, ritmo de vida acelerado…) permanecen emocionalmente inaccesibles para sus hijos, desconectados de lo que les pasa, de sus miedos, inquietudes, necesidades. Familias que no disfrutan de un tiempo de ocio conjunto, veladas de adultos donde los niños/as pasan a un segundo plano, niños/as que reclaman la atención de sus padres repetidamente mientras éstos están hipnotizados con su smartphone, comidas en restaurantes en las que cada uno de los miembros de la pareja tiene un dispositivo electrónico en sus manos, o padres y madres tan inmersos en su trabajo que no tienen tiempo para jugar o acompañar a sus hijos en su crecimiento, son algunos ejemplos de situaciones en las que los menores sufren la desatención de sus progenitores.

Como adultos, debemos tener claro que los niños/as tienen muchas necesidades emocionales que han de ser satisfechas para que su desarrollo afectivo, cognitivo, físico y social madure con normalidad. Uno de los grandes riesgos que corremos si perdemos la conexión con nuestros hijos es que cuando queramos recuperarla sea demasiado tarde.

La adolescencia es un periodo de cambios en la que nuestros hijos/as comienzan a relacionarse más con sus iguales y comienza una etapa de búsqueda de identidad y necesidad de autonomía en la que el acompañamiento de los adultos (en concreto de la familia) va a tener un papel fundamental. Si, de manera habitual, cuando estamos con nuestros hijos/as estamos más inmersos en nuestras ocupaciones indirectamente les estamos transmitiendo de forma silenciosa que hay cosas más importantes que ellos/as, hecho que impactará en su autoconcepto y su autoestima. En las edades más tempranas, permanecer ausentes emocionalmente va a interferir en la formación de un vínculo de apego seguro que manifestarán conductualmente mediante rabietas, falta de autocontrol y comportamientos inadecuados. En la adolescencia, estas conductas suelen ser bastante más llamativas, generando preocupaciones y llevando a conflictos más difíciles de resolver (mentiras, abuso de sustancias, adicción a videojuegos, comportamientos agresivos…).

Somos conscientes de que todo esto puede asustar y en ocasiones surge la culpa y las dudas de si lo estaremos haciendo bien. El propósito de este artículo no es poner en duda nuestras habilidades como padres y madres, sino poner el tema sobre la mesa para que podamos reflexionar sobre ello.  Estar más presentes emocionalmente y poder mejorar el vínculo afectivo con nuestros pequeños/as requiere de nuestra presencia. Para ello, os proponemos algunas ideas que pueden seros de utilidad:

  1. Busca espacios para la comunicación con tus hijos/as. Parece obvio pero en ocasiones no es nada fácil compaginarlo con la vorágine de sentimientos y tareas diarias. La escucha activa va a implicar una serie de actitudes por parte del adulto que os prepararán para conectaros verbal y emocionalmente. ¿Qué tal ha ido el día con tus compañeros? ¿qué habéis hecho juntos? ¿cómo te has sentido? ¿te ha ocurrido hoy algo emocionante que quieras compartir? Son preguntas clave para aprender a conocerles y navegar por sus mentes. Además, ¡os aseguramos que os divertiréis con sus ocurrencias! Sentirse escuchados y validados por las personas que le quieren y cuidan es fundamental para aumentar la confianza en vosotros/as.
  1. ¡Juega y diviértete con ellos/as! El juego potencia la imaginación de los más pequeños, además de ser una manera innata para aprender y divertirse. ¡Aprovechémosla! Busca juegos adecuados a su edad que puedan resultarle atractivos y dedica un tiempo diario a compartirlos con ellos. Puede ser una película, un juego de mesa, un paseo en bici o un cuento que sepas que le va a gustar. Recuerda que hay muchas formas de jugar con nuestros hijos/as y que un tiempo de calidad compartiendo algún momento juntos de ocio o actividad puede conseguir que se sientan los seres más queribles del mundo. ¡Cualquier excusa es buena para pasar un momento de diversión en familia!

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  1. ¡Mímales con tacto! La estimulación táctil es una de las más importantes formas de estimulación temprana para nuestros niños/as. El contacto piel con piel desde el primer momento ha demostrado grandes beneficios en el desarrollo de los más pequeños. Además, diferentes estudios realizados por la OMS avalan la eficacia terapéutica de la estimulación a través del contacto con la piel de los/as bebés con sus progenitores. Por eso, dedica todos los días tiempo para las caricias, los besos, abrazos, masajes, achuchones…

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  1. ¡Cuida su salud y cuida tu salud! Como padres y madres ponemos mucho interés en la alimentación de nuestros hijos, en que hagan deporte, que no se hagan daño, etc. pero… ¿nos preocupamos de la misma forma por sus músculos y heridas emocionales? Es importante que se sientan acompañados y queridos. Necesitan sentir que son personas con las que nos apetece estar, jugar, compartir y con las que disfrutamos conversando. Eso fortalecerá su músculo emocional y ayudará a mejorar su autoestima, autoconcepto, aumentará su control de impulsos y gestionará mejor los momentos de frustración, gracias a nuestro acompañamiento. Asimismo, como adultos somos responsables de cuidarnos a nosotros mismos. Cuando nos sentimos agotados/as o alterados emocionalmente somos más susceptibles de perder el control de nuestros propios impulsos y acabar dañándoles verbal y/o físicamente. Os animamos a buscar estrategias que os sirvan como vía de escape antes de estallar injustamente contra ellos.

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  1. La importancia de las rutinas Esta palabra que tan aburrida puede parecer para los adultos, es fundamental para nuestros pequeños/as. Necesitan dar estructura a su vida, una guía que les hace sentirse seguros y les permite crear buenos hábitos. Es importante tener algunas rutinas sencillas integradas en nuestro día a día (comer y cenar juntos en el mismo sitio, el cuento antes de dormir, el baño que precede a la cena, el ratito de parque después de la merienda, las cosquillas de antes de la siesta…). Recordad que una buena estructura externa es fundamental para que adquieran una estructura interna y sean capaces de regularse mejor. Estas rutinas no tienen porqué ser algo extraordinario ni que nos lleve gran parte del día, sino pequeños momentos familiares que fomentan la comunicación, la conexión y favorecen el vínculo entre vosotros/as.

¡El mejor regalo que puedes hacerles a tus hijos/as eres tú mismo/a!

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Imágenes: pexels.com

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