Heridas invisibles

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A lo largo de nuestra vida las personas experimentamos acontecimientos que marcan un antes y un después en nuestra forma de pensar, sentir, relacionarnos con el mundo, afrontar obstáculos… En ocasiones, no somos conscientes de cómo un suceso puede influirnos tanto, hasta el punto de dejar una herida invisible que supone una barrera para continuar con nuestras vidas como lo hacíamos antes.

Pero… ¿Qué es una herida invisible?

Para poder explicar este concepto podemos hacer una analogía con una herida física. Cuando nos caemos y nos hacemos una herida profunda en la pierna sentimos dolor y, para que esa herida no se infecte, la curamos. Además, nuestro cuerpo “reacciona” automáticamente poniendo en marcha una serie de mecanismos que promueven la cicatrización. ¿Qué nos ocurriría si esa herida profunda no se curase? Podría llegar a infectarse y ocasionarnos un dolor mucho más intenso que nos incapacitase en nuestro día a día.

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Una vez explicado esto, podemos comparar esta herida física en la piel con una herida invisible, o lo que habitualmente denominamos con la palabra trauma.

¿Qué ocurre cuando algo en nuestra vida nos ocasiona un impacto emocional elevado y, por lo tanto, mucho dolor? En estas situaciones nuestro cerebro se sobrecarga y busca sufrir el menor daño posible, por ello, puede reaccionar intentando escapar de los pensamientos, sentimientos e incluso de los lugares que activan ese dolor tan profundo. Es decir, no curando esa herida porque el proceso de curación será duro y nos causará dolor. Como consecuencia, podremos sentir miedo, angustia, tristeza… y tener pensamientos tales como: “soy débil”, “no valgo”, “jamás podré hacerlo”…

¿Cómo podemos volver a sentirnos bien tras una herida invisible?

En 1987 una psicóloga estadounidense, Francine Shapiro, mientras daba un paseo por el parque descubrió que, moviendo los ojos de un lado a otro conseguía reducir el impacto emocional que estaba asociado a recuerdos dolorosos, por ello, decidió estudiar este fenómeno y fue la creadora del método EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing).

La terapia EMDR ayuda a sanar el trauma a través de la estimulación bilateral del cerebro, la cual se suele realizar mediante movimientos oculares, señales auditivas o kinestésicas.

¿Por qué estimular los dos hemisferios del cerebro?

Esta terapia se fundamenta en el modelo de procesamiento adaptativo de la información (PAI), el cual considera que el cerebro dispone de una “habilidad innata” para trabajar, dar sentido y archivar adecuadamente la información negativa que puede aparecer tras un acontecimiento traumático. Las sensaciones y emociones de algo que nos ocurre se alojan en una parte del cerebro de forma aislada, para después proporcionar una narrativa que ayuda a generar redes de acceso a ese recuerdo. Cuando ocurre un acontecimiento que nos supera, se produce una liberación masiva de neurotransmisores que interrumpen este proceso y provoca que el recuerdo quede guardado tal y como se experimentó, en forma de sensaciones físicas, imágenes o emociones aisladas, sin unirse a otras redes de recuerdos y, por lo tanto, sin poder ser almacenado en la memoria explícita (consciente).

La terapia EMDR ayuda a poner en marcha este procesamiento adaptativo de la información a través de 8 fases bien organizadas y estructuradas. Las tres primeras fases sirven para recoger la historia del paciente, explicar en qué consiste la técnica y escoger el recuerdo perturbador. En las fases posteriores se empieza a trabajar con la estimulación bilateral del cerebro a través de los movimientos oculares u otras formas de estimulación.

La infancia y la adolescencia son épocas de especial vulnerabilidad, tanto para la formación de heridas físicas como para aquellas que son invisibles. Las heridas físicas sangran, escuecen, son más obvias a la vista y esto facilita que el adulto intente sanarlas lo antes posible y la recuperación sea rápida. Sin embargo, muchas veces no ocurre esto con las heridas invisibles, ya que no se ven, no son palpables, el niño puede no hablar de ellas o no quejarse, y esto puede provocar que el adulto no las detecte. Esto ocasiona que perduren en el tiempo alterando el correcto desarrollo del menor y siendo cada vez más complicada su sanación.

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Los niños y adolescentes durante su necesidad de explorar el mundo podrán caerse y herirse, pero las lesiones se curarán si tienen a su lado adultos atentos, disponibles y accesibles que les ayuden a sanarlas y les expliquen cómo levantarse y no volver a caer más.

Desde el proyecto de familias se propone una intervención basada en el trabajo conjunto de todos los miembros que constituyen la unidad familiar. Sin embargo, a lo largo de los años nos hemos encontrado con padres, madres o incluso adolescentes que arrastran heridas invisibles, las cuales ocasionan dificultades a la hora de relacionarse con los demás miembros. Por ello, desde el proyecto de familias, hemos incorporado la terapia EMDR para que esas heridas cicatricen y las interacciones en la familia puedan mejorar.

“Un trauma que aísla a un niño durante mucho tiempo desgasta su alma, el apego se extingue. El caos de los acontecimientos, la falta de una estabilidad afectiva, el desgarro repetido de los sucesivos destinos tienen un efecto anestesiante sobre la afectividad, y eso permite sufrir menos”.

 Boris Cyrulnik (2012)

Imágenes: pexels.com

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