Blanka

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Blanka es una niña que vive en las calles de Manila, literalmente en las calles, por lo que su vida es difícil; para poder vivir cada día tiene que recurrir al robo, al descuido, a la mendicidad… también tiene grandes talentos que va descubriendo. Esa vida, aunque rodeada de otros chavales de su edad, es solitaria, no se puede fiar de nadie y si no se muestra fuerte y ruda los demás le pasarán por encima, aun así se desenvuelve bien en esos ambientes más desfavorecidos y peligrosos.

Blanka es una niña que tiene en ciertos aspectos, mayor madurez de la que le corresponde a su edad y que anhela unas necesidades afectivas, de cuidado y seguridad que en ese ambiente no encuentra. La vida le ha dejado sin familia, que sería el ambiente natural donde lo encontraría.

Blanka ve en la tele que las personas adineradas pagan por tener hijos, por adoptarlos y ella con un gran sentido lógico, de una niña, decide pagar por tener una madre, ¿por qué no? Algo tan increíblemente bello, a los adultos nos parece una chiquillada.

En este punto podríamos pararnos a pensar que los adultos tienen la necesidad de ser padres, pero también y más importante los niños tienen la necesidad de ser hijos, ser queridos, ser amados, ser protegidos, ser comprendidos… No sé a cuantos niños se les pregunta si quieren ser adoptados, si quieren tener de nuevo padres, si los padres que les han adoptado les gustan… Es cierto que la sociedad tiene la responsabilidad con esos menores a los que tutela y tienen que valorar muchos aspectos que dan el sí o el no de la idoneidad de las personas para ser padres.

Qué equilibrio tan complicado el querer ser padres adoptantes y generar un vínculo afectivo con ese hijo, y que ese hijo genere también un vínculo con esos padres, con la historia personal y familiar que arrastran previamente a la adopción. De repente, hay que generar un vínculo entre personas que pasan de no ser nada, a ser padres e hijos, sin unos procesos biológicos que se producen durante el embarazo, el parto y durante los primeros meses del bebé; algo tan potente como vivir en un lazo de incondicionalidad innato a tenerlo que construir en la adopción. En la adopción generar ese vínculo se prolonga durante muchos años, el que el niño tenga la sensación de incondicionalidad es una vivencia diaria que tiene que sentir a pesar de lo que haya ocurrido “el día anterior”. La incondicionalidad para muchos de los niños que son adoptados nunca la han tenido, no la esperan y no creen que sean merecedores de ello.

Blanka, al final, sí que encuentra esos lazos en unas personas que le hacen confiar en los demás, que le aportan seguridad y cariño, pero para saber quiénes son, tendréis que ver la película. Espero no haber desvelado mucho del argumento para que podáis disfrutar de ella en familia, os emocionéis, habléis de ella y de los muchos temas que os preocupan como padres y madres en la educación y vivencias de vuestros hijos y también de lo que de verdad es importante para ellos.

cartelBlanka (2015), Kohki Hasei.

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