AUTOCONCEPTO

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Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, que el niño quedó mudo.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
— ¡Ayúdame a mirar!”

galeano

Algo parecido se me ocurre que debe sentir un niño cuando poco a poco va descubriendo el mundo que le rodea. Esa inmensidad a la que Galeano hace referencia en este cuento, cuando por primera vez el niño ve el mar, y tiene la necesidad de que alguien le ayude a mirar, a entender y a sentirse  parte de él.

El primer lenguaje que experimenta el niño se transmite a través de los brazos que le sujetan, de la calma del primer roce de piel con la madre, de las primeras palabras que le mecen, de los gestos, los abrazos y las miradas que le hacen sentirse querido, importante y parte de ese nuevo lugar. Poco a poco, el niño empezará a hablar, intentando hacer malabares con esos primeros sonidos y palabras que ha ido escuchando durante sus primeros años de las personas más cercanas a él (papa , mama, abuelos, familia) y a los que poco a poco se irán sumando maestros, amigos y todas aquellas personas significativas de su entorno más cercano. Las historias, relatos y palabras que los adultos contemos a los niños, serán los que irán dando significado y comprensión a sus emociones, pensamientos y vivencias.

La formación de la identidad solo se puede construir en un contexto social. Es a través de esta interacción con los demás cuando somos capaces de entendernos a nosotros mismos.

¿Somos conscientes de ese mirar de los niños, de nuestras palabras y nuestros gestos cuando estamos con ellos? ¿De qué manera inciden en la forma con la que se relacionarán con los demás? ¿Y con ellos mismos?

Durante la infancia,  el niño observa constantemente a los adultos que le rodean, están muy atentos a nuestros gestos, a nuestras conversaciones y quieren aprender y entender el mundo que les rodea.

Con toda esta información del exterior que nutre el cerebro del niño, se va formando su autoconcepto. Éste es definido según González y Tourón (1992) como una representación mental de las características, habilidades y cualidades de la persona. Es una formación cognoscitiva que se crea a partir de una mezcla de imágenes y relatos  de lo que somos, de lo que deseamos ser y de lo que manifestamos a los demás y que no está presente en el momento del nacimiento , si no que se va formando a través del tiempo y en base a las experiencias que vivimos, de ahí la importancia de ser conscientes de la incidencia directa que tienen esas experiencias en las diferentes etapas vitales de los niños , ya que condicionarán la imagen y concepto del adulto que llegue a ser.

Algunas  pequeñas pautas que nos pueden ayudar para el desarrollo de un buen autoconcepto en niños, niñas y adolescentes serían:

  • Cuidar lo que decimos y nuestras actitudes hacia los más pequeños. La primera imagen que forman los niños viene dada por cómo perciben ser vistos por las personas más cercanas. Sentirse aceptado, respetado y querido sienta las bases de un apego seguro, desde donde explorar el mundo y construir un autoconcepto positivo.
  • Evitar etiquetas. “Es tímido”, “es raro”… etiquetar a los niños y niñas fomenta que construyan su autoconcepto basándose en lo que tú le digas. ¿Cuántas de las etiquetas que nos decimos como adultos, “soy tímido”, “soy raro” vienen de aquello que dijeron de nosotros siendo niños?
  • Cambiar los castigos por refuerzos positivos. Si nos dan a elegir, ¿qué preferimos, niños obedientes o niños responsables?. Cuando regañamos o castigamos los comportamientos inadecuados de un niño, no le ofrecemos una alternativa sobre cómo actuar, no le estamos dando un aprendizaje positivo. Por el contrario, educar más en el reforzamiento que en el castigo, ayudará de forma más eficaz a consolidar las conductas que queremos fomentar y el niño se desarrollará de forma más positiva.
  • Transmitirle expectativas (reales): Creer en ellos, confiar en sus capacidades, en que pueden conseguir las cosas. Si el niño percibe que confiamos en que puede hacerlo, creerá en sí mismo.
  • Transmitirle una imagen positiva. Validar las capacidades y habilidades en las que destaque, reconocérselas. Si nos enfocamos en aquellas conductas que consideramos inadecuadas el niño se sentirá ineficaz.
  • Evitar sobreproteger. Hay que dejar al niño espacio para explorar y hacer las cosas por sí mismo, de acuerdo a su etapa vital. Aprenderá a conocer sus límites, a equivocarse, a probar sus capacidades y a crecer.
  • Ayúdale a tomar sus propias decisiones. Darle seguridad para la toma de sus propias decisiones, explicando en qué consiste cada opción y lo que puede conseguir con cada una de ellas, construirá autocontrol y autonomía.

Imagen: Pinterest

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