APIR en el XIV Congreso FAPMI

APIRSin categoríaLeave a Comment

XIV_Cong_cartel fapmi_cast_v4

El equipo técnico del proyecto ApoyaMe, que atiende a menores que han sufrido violencia de género, participó en una mesa del Congreso organizado por  FAPMI este noviembre bajo el lema No hablar, no ver, no oír. Demos visibilidad al maltrato. Nuestra propuesta consistía en una reflexión sobre el necesario reconocimiento de los menores como víctimas de la violencia de género en su propio proceso de recuperación.

La Ley del 2015  (Ley Orgánica 8/2015, de 22 de julio, de modificación del sistema de protección a la infancia y a la adolescencia) reconoció a los menores como víctimas de esta violencia, pero cuando ya, entre un grupo de profesionales dedicados a la infancia, era evidente que la sintomatología presentada por los niños y niñas que conviven con violencia de género era y es grave.

En el proceso de recuperación se tiene especial interés en que el/la menor reconozca lo vivido y entienda que sus pesadillas, su ansiedad y su rabia pueden estar relacionado con “aquello” que les pasó. Hasta ese momento existe una disociación entre lo que me pasa y lo que ocurrió que da lugar a que el cerebro del niño elabore explicaciones paralelas y se generen “nuevas historias” basadas en recuerdos cogidos aquí y allá unidos a una dosis de imaginación u olvidos.

Al preguntarles porqué acuden a un programa como el ApoyaMe o qué les han explicado, sus respuestas no suelen ser muy coincidentes con la realidad, aunque existe una evolución,  las niñas y niños que creen que les hacen ir por estar locos o ser malos sigue siendo alto.

El reconocimiento como víctima facilita desetiquetar a los niños, niñas y adolescentes, puesto que la mayoría de ellos acuden con esa visión negativa sobre sí mismos, una autoculpa frecuente en menores maltratados.  Es complicado saber cómo se culpabiliza un niño por una agresión del padre a la madre (hay que considerar que algunas se desencadenan por el tema de los hijos), “si me hubiese portado mejor, no habría pasado”, “si no hubiera dicho, o no hubiera hecho…”.  Si tienen más de 10 años pueden comenzar a comparar su realidad con las de sus compañeros y de aquí tampoco sale nada bueno; Hay que poner en el lugar de un niño/a que va a pasar la tarde a casa de un amigo/a con padres que tengan una buena relación, no exista el miedo, ni la tensión. La comparación es demoledora y no quieren que ese amigo vaya a su casa y se percate de que su hogar es diferente, que ahí puede suceder algo en cualquier momento.

Esa es una primera consecuencia y la explicación que se dé el niño es otra, desde el sentimiento de injusticia, porqué no tengo eso que tienen los demás, porqué no merezco eso, que tengo de malo para que no me quieran así.

Cuando acuden a un programa de recuperación y comprende que él o ella no tienen nada malo, que la violencia tiene una explicación que no tiene nada que ver con ellos, pero que haber estado ahí, en ese momento, les ha dañado.

Entender porque están ahí les ayuda a aceptar su participación en el programa y al igual que sus madres la rubrican en un consentimiento escrito.  La voluntariedad es un valor en los procesos de recuperación, son muchos saltos en la rueda del cambio. Implica, me pongo a trabajar aquí y ahora. ¡ojo!, cuando un niño se pone a andar, el adulto tiene que correr para seguirle el paso.

Una aceptación de lo que soy es un primer paso para cambiar, para evolucionar como persona y como familia.

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *